La mía, una generación de incertidumbre

En México, el sistema económico nos ha asegurado (con acciones que iniciaron desde hace varias décadas) a los trabajadores más jóvenes que no tendremos una vejez ni un futuro digno. O que al menos, tendremos que esforzarnos mucho más que nuestros padres, bajo peores condiciones que ellos, para tenerlo.

Las balas nos caen por todos lados. Primero, los bajos salarios frente a los precios que día a día escalan sin que tengamos tregua. Según un estudio del Centro Multidisciplinario de la UNAM, de 1987 a la fecha el salario ha perdido 77.79% su poder adquisitivo. O sea, nosotros podemos comprar 77.9% menos que lo que podían comprar nuestros padres en ese año.

La UNAM sentencia: México es una fábrica de pobres. Y lo es, el sistema económico se ha encargado de construirla. Nuestro salario mínimo es de los más bajos del mundo; quien lo gana trabaja para ser pobre y no poder cubrir ni siquiera sus necesidades básicas. En consecuencia –el salario mínimo se usa de referencia–, el resto de salarios es bajísimo también: el ingreso mensual promedio de los profesionistas ocupados, según el Observatorio Laboral, es de 11 mil 213 pesos.  Pero si es eres un licenciado joven, esta cifra puede bajar a seis mil pesos, según encontró un análisis hecho por la unidad de datos de El Universal. Dos de cada cinco universitarios está en el desempleo. Para alguien que estudio solo el bachillerato, es de cerca de 5 mil 300 pesos. ¿De qué le vale a un joven estudiar hoy una licenciatura? Por desgracia en muchos de los casos, de casi nada.

La pregunta me la he hecho muchas veces, incluso he escrito sobre por qué los salarios son tan bajos. ¿Por qué? Esencialmente, porque la iniciativa privada, los sectores obrero y campesino (los sindicatos, claro) y el gobierno hicieron un pacto en la década de los ochenta en el cual se estipulaba cierto “tope”. (Esto no lo digo yo, incluso lo explica la Comisión Nacional de Salarios Mínimos (Conasami) en una serie de documentos que el Instituto Nacional de Transparencia le obligó a transparentar hace un par de años).

Todo con el objetivo (dijeron) de que no se disparara la inflación, entre otras justificaciones. Apenas ayer la iniciativa privada anunció una propuesta de unidad de aumento al salario mínimo vigente, gradual, con la justificación de que no se vaya a desatar un efecto inflacionario. Planean que llegue a 92.71 pesos al día. Ése es el monto mínimo necesario para alcanzar la línea de bienestar –valor monetario de una canasta alimentaria y no alimentaria de consumo básico–, fijado por Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social (Coneval), según explican los empresarios. ¿Una familia dejará de ser pobre si gana un salario mínimo al día de ese monto? Quizá para efecto de las mediciones sí, pero en la vida, en el día a día, muy seguramente no.

Pero hay otra arista para entender por qué todos ganamos tan poco (no sólo los jóvenes) y por qué no sube el salario mínimo: El salario mexicano es uno de los atractivos que hacen a México tan valorado por las empresas, tanto nacionales como extranjeras, para invertir. Las empresas invierten bajo la promesa del gobierno federal y de los gobiernos estatales, de que los salarios podrán mantenerse bajos. Las organizaciones ganan con ello porque aumentan su margen de utilidad. Ninguna empresa quiere sacrificar su margen de ganancia.  Subir el salario que se les paga a los trabajadores mexicanos significa disminuir ese margen de ganancia. Esto tampoco lo digo yo, sino que es una coincidencia a la que llegan muchos especialistas en el tema.

Hasta aquí el panorama laboral para un joven profesionista mexicano. Eso, si tiene la suerte de estar empleado y no formar parte del ejército de los jóvenes que ni estudian ni trabajan (ninis) de este país, el quinto, según la Organización para la Cooperación y Desarrollo Económico (OCDE).

Los millennials queremos viajar, conocer otras culturas y personas, pero no es cierto que no queremos tener una casa. No queremos vivir siempre con roomies, no queremos rentar por siempre. Eso lo hacemos porque las circunstancias nos han orillado a ello. En promedio, un joven gasta 47% de su salario en renta, según encontró Dada Room en un estudio, lo cual es un porcentaje mucho más alto de 30% recomendado. ¿Qué quiere decir esto? Que los jóvenes están descuidando temas de ahorro y seguridad médica por vivir fuera de casa de sus padres y cerca de sus lugares de trabajo.

De hecho, nos encantaría poder pagar una hipoteca pero… A la mayoría no le alcanza. Según una encuesta de HSBC, la mayoría de los jóvenes quiere y planea comprar una casa, pero los bajos salarios evitan que tengan los recursos suficientes para dar un enganche. El sistema económico consolidado en el priísmo se empeña, por todos los ángulos, en cobrarnos factura.

Mi generación es más pobre que la de mis padres. Y esto lo resentimos hoy pero lo vamos a resentir más en el futuro, cuando seamos viejos, porque para los millennials ya no hay una pensión de vejez y cesantía que los espere cuando se retiren. Quizá peco de paternalista, pero hay que decir que nosotros no alcanzamos la abundancia del sistema, lo cual es un factor más que se suma a nuestra incertidumbre. En 1997 con la gran reforma a la ley del IMSS desapareció esta posibilidad y se le abrió la puerta a las AFORES –ese invento de los Chicago Boys, los economistas chilenos que idearon la serie de reformas de liberación económica de Augusto Pinochet– que hace que nosotros tengamos sólo lo que ahorremos en nuestra AFORE para retirarnos. ¿Cómo nos va a ir con eso? Si no ahorramos por nuestra cuenta, nada bien. Los chilenos hoy están saliendo a las calles una y otra vez para exigir que este modelo –que parecía de inicio un éxito y que justo por ello e instauro en varios países latinoamericanos, incluido México– se acabe porque los jubilados chilenos ya están viendo el que hoy es su presente: La pobreza.

Mientras llega el momento en el que el primer millennial que empezó a cotizar por este esquema se retire, los jubilados de Pemex (muchos de ellos de forma millonaria)  del IMSS y el ISSSTE siguen  tomando la mayor parte de los recursos de un sistema de pensiones que camina hacia el precipicio gracias a que el gobierno no ha realizado una reforma que garantice las pensiones a quien las merece y que limite las sumas millonarias.

Tendremos para vivir cuando seamos viejos lo que tengamos en nuestra AFORE, y si no ahorramos voluntariamente, nada más que eso. ¿Será suficiente? Los especialistas se han encargado de repetir hasta el cansancio que no. Que si una persona no ahorra por su propia iniciativa, va a recibir cerca de 30% de su último sueldo. ¿Me imagino viviendo con eso hoy? No.

Las condiciones del engranaje económico mexicano están poniéndole el pie a los jóvenes. Mi generación enfrenta condiciones adversas para tener un hogar propio, ni tampoco tiene certeza para su futuro, y lucha en un sistema estéril por construirlo. Un futuro que nosotros no empeñamos. Lo que siempre nos quedará será luchar.

 

Nota: he escrito un texto sobre la precariedad de las condiciones de la generación más joven en cuanto a sus posibilidades de adquirir casa en El Universal. Aquí amplío el tema. Las opiniones son completamente personales. 

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